13 nov. 2014

Tú, en pasado.

A veces salgo a la calle y camino, y mi mano se cierra hacia adentro como si se pudiese aferrar a un nosotros, a un posible futuro, y supongo que esto pasa porque aún no te has ido. 
Quiero decir, tú te fuiste, y hace mucho además, dejando más cicatrices de las que ya tenía, pero hasta que eso no sane no podré borrar tus recuerdos: ni tus manos en las mías, ni tus besos furtivos, ni tus ojos café.

Si me miran a los ojos te ven, aunque no sepan a quién están viendo;
ven ojos tristes, brillantes y perdidos: dolor, amor, pasado... tú.
Más de una persona me lo ha dicho: "Pilar estás ausente, como en el aire ¿qué te pasa? ¿Es amor...?"
Y yo pienso "¿Amor?¿Esto es amor? Si es esto entonces no lo quiero. Me duele tanto que podría morirme aquí mismo."

En el momento en el que llegas al precipicio de una historia tienes dos opciones: arriesgarte y continuar insistiendo en algo que quizá ya no tenga futuro, o irte para siempre y olvidar.
Ambas son difíciles, tanto a la hora de decidir como a la hora de realizarlas.

Las decisiones más complicadas siempre son las más importantes en la historia de una persona.

Tú decidiste echarme de tu vida con una facilidad insuperable, así, sin más. Como si nunca te hubiera importado absolutamente nada de esta historia.
Yo, en cambio, supe quedarme por si decidías volver. Y aguantas. Y quieres. No es tan complicado, lo prometo.

Deseaba con todo mi corazón que en esa agonía de perfección de vida que buscabas, me echases de menos y no pudieras decirlo en alto, pero mientras tanto... mientras pensaba eso... yo seguía limpiando el polvo al altar que te había creado en mí. Dentro. Muy dentro. Justo en el centro del corazón.





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