30 abr. 2017

Cartas de amor y sentencias de muerte.

Hoy diría algo así como que me han roto el corazón, pero creo que van ya tantas veces que no me queda nada que romper. Ya no me duele.
Ya no siento nada.

Juancho Marqués rompiéndome los tímpanos. Intentando hacer reaccionar a mi cabeza que permanece callada desde hace más de dos horas.
Y ya no siento nada.

No sé si me da más miedo darme cuenta de que, como predije una vez, jamás volvería a sentir tanto como sentí una vez hace ya muchos años; o si lo que pasa es que simplemente él ya me ha decepcionado tantas veces, que estaba expectante esperando que se fuera de nuevo. Quizás ya me lo esperaba aunque me engañara pensando que esta vez sí.

Pero ya no siento nada.

Son las diez de la mañana de un domingo cualquiera de abril. De un domingo que hace menos de cuatro horas prometía ser un día importante. El día que marcaría la diferencia.
Y vaya si lo ha hecho.

En tres horas he sido insultada, utilizada y abandonada. Desnuda y corazón en mano.

Pero ya no siento nada.

Hace menos de un día que escribí una de las cartas de amor más sinceras de mi vida. Hace menos de un día que firmé mi sentencia de muerte.
Y aquí estoy, agonizando.

Pero ya no siento nada.

No duele, no quema, no escuece. 
Nada.

Creo que las historias breves, a veces son mucho más intensas que algunas largas si las vives llena de esperanza.

Durante más de siete años se ha ido y a vuelto a su antojo miles de veces, lleno de promesas vacías, de historias sin principio ni final, de cambios inexistentes y de mucho amor de boquilla. Pero esta es la definitiva. Esta es la última.

Hoy que no siento nada, sé que es el final.

Porque ha terminado de romperme, desgastarme, cansarme. Y porque me ha demostrado que no merece la pena...

... por todo eso hoy ya no siento nada.



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