31 may. 2017

Decisiones.

Todas las decisiones que tomas en la vida, te marcan más o menos, para bien o para mal y para siempre.
Hace ya muchos años que mi parte impulsiva decidió buscarte, sabiendo que había un 2% de posibilidades de encontrarte. Y lo consiguió.
Solo entonces empecé a creer en el destino.
Bien, pues esa fue una decisión que me marcó para siempre sin saberlo.
Le hice hueco en mi vida y en mi corazón a una persona que lo que mejor ha sabido hacer durante seis años es revolverme la vida y marcharse de ella una y otra vez, dejando todo destrozado a su paso.
Ni siquiera le voy a culpar de haberme enamorado de él. Eso ya entra dentro de las malas decisiones que todos tomamos de vez en cuando.
También, año tras año, el dejarle entrar en mi vida continuamente. Habiendo pasado lo que hubiera pasado, y aunque le colgara un cartel luminoso de PELIGRO del cuello, son decisiones que me han ido haciendo un poquito más como yo soy.
Más fuerte, más romántica, a veces más realista, siempre esperanzada y sobretodo creyente. Creyente en él y en el destino.
En que todo lo que hemos vivido todos estos años, ha sido por algo. Un algo que deberíamos descubrir tarde o temprano.
Bueno, pues la última vez que acepté, la última vez que le dejé entrar en mi cabeza y en mi vida, fue una caída al vacío inminente.
Dos meses han bastado para decepcionarme por él, por mí, y por todo ese falso destino que me nublaba la vista.
Palabras vacías, mentiras, te quieros que nunca llegan a decirse por miedo al que dirán, mi fuerza de voluntad que decae y el corazón roto que decide decirle adiós a pesar de estar completamente loco por él.
Decisiones, que nunca sabrás si fueron las correctas, pero que hay que saber tomar, para poder ordenar mi vida, y volver a retomar el poder, que le cedí a unas manos que lo único que han hecho es tocarme sin sentirme.
Decisiones que volverán a alejarme de lo que siempre creí que era lo mejor, a pesar de saber que acabaría conmigo.

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